martes, 16 de agosto de 2011

La casa que núnca lo fue.

 La casa que núnca lo fue.

Allí estaba sentado tranquilo, en la vereda de mi casa, cuando la puerta de la casa de enfrente…se abrió, para tentarme con una belleza externa a que yo entrase, sus marcos de madera, esos bordes dorados, una brisa cálida color miel me llenaron de frescura invitándome a pasar. Mientras cada uno de mis pasos se hundía mas y mas en esas alfombras, iba caminando… caminaba por un pasillo que ya no era cálido, ahora era frio, mis pies que se encontraban adormecidos por el algodón se despertaron al pisar un piso de porcelana helada.

Seres salían de las paredes, libros caían de precipicios, una helada congelaba mi corazón, hasta que en la habitación frenado en mi, quede, sin poder gritar, sin poder oír, sin poder respirar, me quede, ahogándome en una inmensidad de miedos, de sueños, de deseos.

Escapar, eso quería, y vi como lentamente la piel se iba retirando de mí, despegándose lentamente de mi carne que, al compas de una canción, se iba descociendo.
Mis ojos que cegados estaban perdían ya su órbita, lo que antes era mi cabeza ahora flotaba a mi alrededor, no sabía ya ni donde estaba mi cerebro pero de seguro se había escapado a la cocina, mis extremidades que en mi cuerpo todavía se mantenían sintieron el temblor de mi alma, que veía como me iba yendo de mi, de mi vida de mi alma que ahora flotaba y no podía sentir el dolor.


Los colores se distorsionaban, rostros aparecían y se iban para volver otra vez, lo que antes era realidad ahora me impulsaba a dejarlo todo, quería irme, pero algo me detenía.
Mi alma volvió a mi cuerpo, todo volvió a él, se fue reponiendo, mi cerebro volvió y como el mi piel y mis más finas membranas, todo se fue montando una vez más,  para sentir como una estaca de madera, se incrustaba en mi corazón dejando cada pared del  mismo lleno de astillas, astillas que viajaban por mis venas. Para no irse.
Ese dolor, fue como una melodía, los colores gritaron y los sabores se diluyeron en una suave bandeja de texturas.


Yo ya no estaba, vos tampoco.

Solo quedaba la casa, que una vez más, me había asesinado.


Por Helena Carrión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario