viernes, 5 de agosto de 2011

Dos Lobos.

En el espeso bosque el habitaba, su robusto pelaje lo protegía del viento y el frio.
Nunca fue muy sensible que digamos, siempre andaba divagando solo.
Era un lobo que se había alejado de su manada. y ahora merodeaba por el norte de América buscando siervos o algún ser vivo para alimentarse.
Estaba muy perdido ahora, el frio había congelado su cuerpo. Y él estaba solo muy solo.
Sus sentidos vagamente funcionaban y sin resultados buscaba.

Una noche encontró una cueva, no lo aislaba del frio, pero si del viento.
Se quedo allí toda la noche, hasta que la tormenta parase.
Al amanecer emprendió camino nuevamente, pero en uno de los cerros por donde caminaba, con algo tropezó. Y no pudo levantarse. Le faltaban energías, nada lo animaba.
Los buitres que en lo alto lo vigilaban, esperaban que su cuerpo dejase de tener vida para poder, entre todos, devorar su fresca carne.
La luz de la mañana, tan brillante, caía sobre el sin dejar ningún rastro de vida.

El sonido de las garras de una loba a lo lejos se oían, no era muy tarde, quedaba algo de calor en el moribundo cuerpo.
En los pálidos, opacos ojos del lobo se vio el reflejo de una loba, más joven que él.
Su cabellera brillaba con la luz del sol, y el temprano viento parecía acariciarla.
Su pelaje era color caramelo, y sus patas negro azabache.
Una bondadosa sonrisa destacaba su delicado rostro, en donde dos perlas color café eran sus ojos.
Ella se le acerco. Una de sus patas poso sobre el pecho de aquel animal agonizante-
Se acostó en su pecho dándole calor.

Luego de varias horas el animal por fin tubo las fuerzas para levantarse, pero ella no estaba ahí.
Espero un rato hasta que la escucho venir, arrastraba algo.
Sobre aquel cerro cubierto por brillante pasto verde estaban los dos lobos y una pequeño siervo recién.
El atardecer ambos disfrutaron a la luz de un atardecer de oro.
El lobo vio la luz del atardecer como la primera, y no la ultima como creía.

Por Helena Carrión


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